sábado, 12 de marzo de 2011

El Velorio de Blanquita

Blanquita era algo especial. Vivía en la esquina de casa, cuando vivíamos en Córdoba, en la segunda casa después de la esquina. Estaba sentada en una silla de ruedas. La silla era toda de hierro, o al menos eso me parecía. Muy flaca. Era, entre otras cosas que nunca supe, paralítica, ahora lo sé. Tenía el cuerpo rígido como un pajarito muerto. Apenas si mostraba una sonrisa de alambre, tiesa. A mí me llevaban todas las tardes a que le dé un beso. eso me daba miedo, o algo parecido. No quería. Blanquita cada vez que me acercaba torcía la boca alambrada y había un leve estiramiento, como si le jalaran la boca con ese alambre. Era su forma de reír. La casa era tétrica, yo no quería entrar, me daba miedo, me daba asco, había olor rancio. Antes no conocía esa palabra, ahora sí. Pero igual entraba. Un día Blanquita se murió y se hizo el velorio. Había mucha gente que no sé de dónde salió . El olor rancio seguía pero mezclado esta vez con el de flores, era un olor húmedo, a cementerio, mejor que el de todos los días cuando Blanquita estaba viva. En el velorio había mucha gente y una urna de pie a la entrada de la casa color plata donde la gente le escribía cosas...ella no podía leer ni viva ni muerta, no sé para qué le escribían esas cosas. De repente, el cielo se puso gris y frío, como una lápida. El tiempo ha pasado. Encuentro ese olor cada tanto y tengo miedo de volver a encontrarla, yo sabía que no era mala, sabía que era buena, pero me daba miedo que su madre, igual de flaquita que Blanquita, pero viva, me alzara para que la bese, entonces ella fruncía aún más su boca, como tirada por alambre, con la cabeza de costado, dura, miraba y se ponía nerviosa y se reía y yo me daba cuenta. A veces entro a algún lugar y siento ese olor, entonces sé que voy a encontrarme con un pedazo de mi infancia.

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